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Anima Mundi: Despertando el Alma del Mundo
Publicado en el Sufi Journal, edición 67, otoño 2005

Llewellyn Vaughan-Lee


Dios redime a la humanidad,
pero la naturaleza necesita ser redimida por alquimistas humanos,
aquellos que pueden inducir el proceso de transformación,
único procedimiento capaz de liberar la luz aprisionada en la creación física.

— STEPHAN HOELLER(1)


El planeta es un ser espiritual viviente. Esto fue comprendido por los antiguos filósofos y alquimistas quienes se referían a la esencia espiritual del mundo como al anima mundi, el “Alma del Mundo.” Ellos consideraban el Alma del Mundo como a un espíritu etérico puro que abarca completamente toda la naturaleza, la esencia divina que habita y energetiza toda la vida en el universo.

A través de la historia, nuestro entendimiento del planeta, como un ser viviente con esencia espiritual, ha cambiado drásticamente. Platón decía, “El cosmos es una única Criatura Viviente que contiene todas las criaturas vivientes dentro de sí.”(2) Esta misma tradición continuó primero a través los gnósticos y más tarde entre los alquimistas. Esto sucedía al mismo tiempo que los Padres de la Iglesia envisionaban un mundo que no era ni divino ni sagrado; un Dios trascendental era la fuente de toda la creación, y la humanidad vivía en exilio del cielo, en estado de pecado. Esta doctrina creó una separación entre materia y espíritu, causando una visión del mundo separado de Su creador.

La noción de un mundo sagrado resurgió de tiempo en tiempo a lo largo de los siglos siguientes. Durante el despertar gótico del siglo doce, y más tarde durante el Renacimiento, el mundo creado fue visto, por breves períodos, como a la imagen externa del Alma del Mundo. En las catedrales, los arquitectos góticos reflejaron la visión de un orden sagrado dentro de la creación expresando este principio divino femenino. El Alma del Mundo animaba y daba forma a la naturaleza de acuerdo a proporciones divinas. Estas proporciones fueron expresadas en la creaciones de los arquitectos, mamposteros, escultores, y artistas de vidrio pintado de la época.(3)

Nuevamente, durante el Renacimiento, se experimentó la naturaleza como a una esencia espiritual viviente:

Si bien la teología medioeval había llevado a Dios a una esfera totalmente transcendente, para los renacentistas platónicos la naturaleza estaba permeada de vida, de Dios, y de una misteriosa numinosidad, expresión vital del Alma del Mundo y del poder viviente de la creación. En palabras de Ricardo Tarnas, “El jardín del mundo estaba encantado nuevamente, con poderes mágicos y significado trascendente implícito en cada expresión de la naturaleza.”(4)

Durante el Renacimiento, el Alma del Mundo era entendida como una esencia espiritual dentro de la creación, que guiaba el desarrollo de la vida y del cosmos. El filósofo renacentista Gideon Bruno decía que el Alma del Mundo, “ilumina el universo y dirige a la naturaleza en el modo correcto de producir sus especies.”(5) El Alma del Mundo también era considerada el principio creativo que los artistas del Renacimiento intentaban transmitir en sus trabajos. Su arte estaba basado en la mismas proporciones sagradas que ellos veían en la naturaleza; ellos entendían la imaginación como el poder mágico que puede “ atraer y transmitir las energías del anima mundi.”

El Renacimiento nos dejó grandes maravillas de arte y de imaginación. Pero este fue un florecimiento de breve duración. Al poco tiempo, la Iglesia Ortodoxa restableció la separación entre materia y espíritu, al mismo tiempo que el desarrollo de la ciencia comenzó a mostrar el mundo material como una máquina cuyos trabajos incorpóreos podían ser racionalmente comprendidos y controlados por los seres humanos. El mundo mágico de misterio creativo infundido de espíritu de Dios, se transformó en un sueño que pertenecía tan sólo a los poetas, y a los laboratorios y escritos simbólicos de los alquimistas.

Los alquimistas continuaron explorando el anima mundi. Mientras la Iglesia buscaba la luz de Dios en los cielos, los alquimistas buscaban la luz de la divinidad escondida en la materia. Ellos entendían que había una esencia sagrada en la trama de la creación, que trataron de liberar a través de sus experimentos e imaginación. Para el alquimista el anima mundi es la chispa divina en la materia, el ‘Mecurio filosófico,’ que es el ‘ fuego centellante y universal en la luz de la naturaleza, que lleva consigo el espíritu celestial.’

La alquimia se ocupa de transformar el plomo en oro, de liberar la luz escondida en la oscuridad, “La chispa ardiente del alma del mundo, o la luz de la naturaleza…dispersa o espacida a través de toda la estructura del gran mundo, dentro de todos los frutos de los elementos, en todas partes.”(6) Los alquimistas también comprendieron que hay una conexión entre el anima mundi y el alma o el secreto más profundo del ser humano. La fuente de la sabiduría y conocimiento de la esencia omnipresente del anima mundi era, “El más profundo y secreto numinosium en el hombre.”(7)

En el siglo XX, Carl Jung, redescubrió la sabiduría del opus alquímico y mostró como los símbolos alquímicos son una imagen del proceso de trasnformación interior que puede liberar esta luz inmanente. Jung diferenciaba entre dos formas de luz espiritual: lumen dei, la luz procedente de la esfera de Dios en su aspecto trascendente, y lumen naturae, la luz oculta en la materia y en las fuerzas de la naturaleza. La Luz Divina puede ser experimentada a través de la revelación y las prácticas espirituales que nos dan acceso a nuestro aspecto o Ser trascendental. La Luz de la Naturaleza precisa de ser liberada a través de la alquimia interior, de modo que pueda trabajar creativamente en el mundo.

La tradición alquímica reinterpretada como el lenguaje de transformación interior, es una llave que nos ayuda a liberar nuestra luz natural y a transformar el mundo. La luz alquímica oculta en la oscuridad es nuestra propia luz, y es también, la chispa divina dentro de la materia. Nuestra luz natural es parte de la luz del Alma del Mundo. Este desasir alquímico de la materia puede asociarse con la liberación o con el despertar del Alma del Mundo, el anima mundi. Como microcosmos de la totalidad, el individuo, puede participar directamente en el proceso alquímico que libera esta luz, una luz que es necesaria para comprender los misterios de la creación y la forma de trabajar con su naturaleza mágica. Con lumen naturae podemos aprender nuevamente como entender los secretos de la naturaleza, de modo que no tengamos que atacar y destruir el mundo natural para poder sobrevivir.

La alquimia es la tradición occidental de nuestra transformación interior. Los sufíes siempre han sabido del proceso alquímico de transformación interior.(8) Se decía que Dhû-l-Nûn, uno de los primeros maestros sufíes, era un alquimista, y el gran sufí del siglo doce, al-Ghazzalî, tituló uno de sus más importantes libros ‘La alquimia de la felicidad’. Los sufíes han conquistado la alquimia del corazón, a través de la cual, la energía del amor transforma el individuo y revela la luz atrapada en la oscuridad de los nafs o ego. Ellos han desarrollado una ciencia detallada para trabajar con las cámaras interiores del corazón para provocar una transformación interna que otorga al buscador espiritual acceso a la luz de su verdadera naturaleza. Este trabajo no pertence solamente al individuo, sino que puede tener una relación directa con la totalidad de la creación y con el corazón del mundo. Una vez que reconocemos la misteriosa conexión entre nuestra esencia interior y el alma del mundo, podemos usar las herramientas de transformación interior para trabajar directamente con el alma del mundo, y ayudar a que el anima mundi revele su divina luz y despierte.


COMO ES ARRIBA, ES ABAJO

El resultado de los escritos de Jung sobre alquimia, permitió que podamos comenzar a comprender la naturaleza de la labor alquímica interna. El trabajo sobre el plomo alquímico—la prima materia, “Aquello que es glorioso y repudiado, precioso y de poco valor que puede encontrarse por todas partes”(9)es el trabajo con la sombra, con aquellas partes de nuestra psique que han sido negadas y no reconocidas. La piedra filosofal, el plomo transformado en oro, es nuestra propia verdadera naturaleza, el alma. En vez de una divinidad trascendente y desencarnada, la alquimia revela una luz divina que existe en las profundidades de nuestra psique. Esta luz escondida en la oscuridad, el lumen naturae, es también nuestro ser instintivo y forma natural de ser, el cual hasta el momento en que se revela, se haya tapado por los esquemas de condicionamiento y las capas del ego.

¿Cuál es la diferencia entre la luz descubierta en las profundidades de la psique y la luz de nuestra divina alma trascendente percibida en meditación u otras experiencias? Es la misma luz experimentada de distinta forma. Los sufíes saben que el Amado, la fuente de toda luz, contiene ambas, una luz inmanente y una cualidad trascendente. Aquel a quien amamos está, “más cerca de él que su vena yugular” y “ más allá que su idea del más allá,” a un mismo tiempo. El alma, “es mayor que lo más grande y más pequeña que los más mínimo,” tiene la misma cualidad dual.

Tanto el yogui en meditación profunda como el alquimista en el laboratorio están buscando la misma luz, la misma naturaleza divina. Todo lo que nosotros experimentamos tiene naturaleza dual, un aspecto masculino y un aspecto femenino, y lo mismo es verdad de la luz del alma. En su expresión masculina, esta luz puede ser experimentada como luz trascendente, como conciencia pura, sin las constricciones de la psique o del mundo físico. En meditación, podemos primero vislumbrar y más tarde descansar en nuestra eterna e infinita naturaleza, y descubrir una realidad no definida o constricta por nuestro cuerpo o mundo manifiesto. Esta es la realidad de “luz sobre luz” de nuestra transparente y amorfa esencia. También podemos descubrir nuestra naturaleza divina en su manifestación femenina, naturaleza corpórea, como la luz del Ser, nuestra sabiduría natural, el oro de nuestra verdadera naturaleza. En esta luz, experimentamos y conocemos a Dios dentro de la creación, la forma en que nuestro Amado se revela a Si Mismo en una multitud de formas, siendo cada forma una diferente expresión de Su infinito Ser. Nosotros vemos en cada color, aroma, sabor, y aún en cada pensamiento y sentimiento, una expresión única de Dios. De este modo podemos reconocerLo en Su creación de un modo, que en cierta manera, está oculto en lo trascendental. En esta revelación podemos experimentar que cada cosa es única y que todas las cosas son una, y descubrimos la relación de las partes en relación al todo- la maravillosa interconexión de la creación.

Si hemos de evitar quedarnos dentro del paradigma de la dualidad, experimentando sólo nuestra división entre los aspectos masculino y femenino, espíritu y materia, debemos reconocer ambas expresiones de la divinidad. No podemos seguir los pasos de los Padres de la Iglesia patriarcal y buscar solamente la luz trascendente, mirar tan sólo al cielo. Necesitamos reconocer la luz atrapada en la materia y entender la magia que la creación revela. Necesitamos entender los misterios de la creación del modo como eran celebrados en el más sagrado texto alquímico, La tabla esmeralda, atribuída a Hermes Trimegisto:

Para llevar a cabo los milagros de la cosa una, lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo.(10)

La luz oculta en la materia es la luz experimentada dentro del misterio de la creación, el tesoro escondido revelado a través de la danza de la multiplicidad. La creación del mundo manifestado es una revelación de la naturaleza oculta de Dios, como se expresara en el hadith, “Yo era un tesoro oculto y deseaba ser conocido, de modo que creé el mundo.” Sin embargo sólo podemos experimentar este milagro y conocer la verdadera naturaleza de esta revelación a través de la luz escondida dentro de la misma. Del mismo modo como Él ha guardado Su secreto dentro nuestro—“El hombre es mi secreto y Yo soy Su secreto”—Él se ha ocultado dentro de Su creación. Algunas veces, entre la belleza y la gloria de la naturaleza, en el vastedad del cielo estrellado, o en la perfección del rocío matutino sobre una flor, vislumbramos este milagro. La luz que se halla dentro de la materia se abre paso y nos encontramos maravillados ante nuestro Creador, como lo reflejan las palabras del poeta Gerald Manley Hopkins:

El mundo está lleno de la grandeza de Dios.
Brillará, como el resplandor de la hoja de aluminio pulido.(11)

A través de esta luz podemos despertar a la divina naturaleza de la vida y experimentar la real belleza de Su revelación. Hay tan sólo una luz, “como es arriba es abajo” y, sin embargo, en Su creación Él Se revela en un modo que no es revelado en Su luz trascendente o Lumen Dei. Lo que es verdad en el Creador es también cierto para nosotros quienes hemos sido, “hechos a Su imagen y semejanza.” La luz que se descubre en la profundidad de la psique, a través del trabajo sobre la sombra y el opus alquímico interior, revela parte de nuestra naturaleza divina que está oculta de la conciencia puramente trascendental. Nos encontramos a nosotros mismos y a nuestro Amado de un nuevo modo. Para cada uno de nosotros esta revelación es única. Parte del milagro de la creación es que ella ofrece una experiencia diferente a cada uno de nosotros; la misma fruta probada por dos personas diferentes otorgará a cada una de ellas, una experiencia distinta. A través de Su luz podemos ver la vida como realmente es, de la particular manera de nuestra propia experiencia y no a través de los velos de nuestras proyecciones, y de este modo podemos experimentar la divina particularidad de cada momento. Al mismo tiempo, vivenciamos la característica particular como parte de una totalidad mayor. Vemos las hebras que conectan la totalidad de la vida, como cada parte refleja la totalidad.

Quien no puede ver la totalidad en cada parte, acepta las mentiras del hombre ciego;
Un hombre sabio experimenta el sabor del Tigris en cada trago.(12)

CONEXIONES DE LUZ

En lo más hondo de nuestro ser, comprendemos la profunda conectividad de la totalidad de la existencia. Sin embargo la Iglesia, la ciencia occidental y la creciente cultura de materialismo, han desterrado eficazmente el anima mundi de nuestra imaginación colectiva, hasta tal punto que, en palabras de Jung, “el mismo ser humano ha cesado de ser el microcosmos, y su alma, ya no es más la scintilla, o chispa substancial del Anima Mundi, del Alma del Mundo.”(13) ¿Cómo podemos rescatar esta relación, restablecer esta conexión en nuestra imaginación y trabajo interno? ¿Cómo podemos devolver nuestra luz al Alma del Mundo?

Una vez que aceptamos que somos parte de la totalidad, entonces una conexión es establecida entre nuestra luz y el mundo. Llevamos a cabo esta conexión con nuestra conciencia y nuestra imaginación; más tarde mediante esta conexión nuestra luz comienza a fluir. De este modo comenzamos a redimir el trabajo del Todo. Estas conexiones crean caminos de luz que se abren paso entre la oscuridad de la psique colectiva. Del mismo modo que en nuestra psique hay bloqueos y lugares de resistencia al fluir de la luz; también hay lugares de creatividad, poder y cualidades inesperadas.

El Alma del Mundo no es una substancia fija o definida, sino que es algo viviente hecho de los deseos, sueños, e ideas de la humanidad y de toda la creación. Este es el hogar de la memoria colectiva de la creación y de los mitos de la humanidad. Aquí están los arquetipos y las fuerzas que definen nuestra vida. Aquí se encuentran enterrados lugares de significado mágico, lugares donde los sueños se pueden hacer realidad. Hemos vivido por tan largo tiempo en la vacuidad del panorama racional que hemos olvidado el potencial que yace debajo de la superficie. Fluyendo a través de caminos creados por nuestra conexión consciente con el anima mundi, nuestra luz encontrará el camino hacia lugares de poder que están dentro del mundo, lugares donde capas de significado más profundo están esperando despertar a la vida.

Actualmente vemos el mundo material como algo separado de nosotros mismos, un objeto sólido y duradero, sin vida o magia. Desde que los científicos del siglo XVII asumieron que los animales no tenían sentimientos y podían ser disecados sin causarles sufrimiento, nos hemos sentido libres de imponer nuestra voluntad sobre el planeta, saqueándolo para nuestro propio beneficio sin pensar en el daño que le estamos infligiendo. Atrapados en nuestro impulso materialista, tal vez no reconozcamos que esta imagen del mundo es una ilusión, un sueño insubstancial que se puede fácilmente alterar o disolver cuando nuevas fuerzas se ponen en juego.

A medida que nuestra luz establezca conexiones dentro el Alma del Mundo, activará alguna de estas fuerzas o energías que están esperando liberar el mundo de esta destructiva ilusión. Sabemos como esto sucede en nuestro viaje alquímico interior, experimentamos como lo que encontramos debajo de la superficie cambia nuestros valores de modos inesperados, vemos como se van haciendo conexiones, y como ocurren sincronías que antes nos hubieran parecido inconcebibles. A medida que vamos haciendo estas conexiones, comenzamos a percibir que tanto el mundo como nosotros mismos, somos más mágicos de lo que pensábamos.

Conectar nuestra luz con el mundo es un trabajo que no necesita realizarse de forma masiva, ni por millones de personas. Por cientos de años, tan sólo unos pocos alquimistas guardaron los secretos de transformación interna de las poderosas fuerzas de la Iglesia y el sistema establecido. El trabajo real siempre lo llevan a cabo un grupo pequeño de individuos. Lo más importante es el nivel de participación, o sea, si nos atrevemos a comprometernos verdaderamente con el trabajo del alma. Contrariamente a los alquimistas que vivían en sus laboratorios, nosotros no necesitamos abandonar nuestra vida cotidiana—la vida cotidiana es también un balance necesario, y una protección contra las extrañas y engañosas fantasías tan facilmente creadas por el mundo interno. Pero sí debemos reconocer que hay un cierto trabajo que necesita ser realizado, y que no podemos continuar parados mirando desde un costado, viendo como nuestro sueño colectivo continúa prolongándose sin control.

Tal vez nuestra cultura nos haya aislado dentro de nuestro ser indivual, separándonos de la magia de la vida. Sin embargo, una vez más, es tan sólo una visión superficial. Todos estamos conectados y somos parte de la substancia viviente de la creación. En cada célula de nuestro ser, en cada chispa de conciencia, tenemos conocimiento de la unidad. Nuestro trayecto personal no puede estar separado del camino de la Totalidad. Un camino interior personal separado de la Totalidad no es un camino real; es tan sólo otra ilusión creada por un ego que quiere protegerse a sí mismo.

La substancia de nuestra alma es parte de la trama de la vida, el tapíz de la creación donde están entretejidos tanto los unicornios y monstruos de nuestros sueños, como los rascacielos de nuestras ciudades. Los mundos interno y externo no están separados, a pesar de los esfuerzos que hace nuestra cultura racional para convencernos de lo contrario. Los recientes dramas del terrorismo una vez más trajeron los demonios en medio mismo de nuestros hogares, y nos da la sensación que realmente no hay ningún lugar libre de estas sombras. Sin embargo, no necesitamos simplemente ser víctimas de estas pesadillas arquetípicas. Evocando la magia real que viene desde el interior, podemos trabajar para balancear la luz y la oscuridad, y participar creativamente en cambiar los sueños que definen nuestra vida colectiva.

La luz del Alma del Mundo está esperando ser usada para conectarnos con las fuerzas internas que pertenecen a la materia y a la vida misma. El mundo real es un lugar encantado, lleno de poderes mágicos esperando ser utilizados. Y, como los alquimistas comprendieron, el anima mundi es una fuerza creativa, “es el artista, el artesano, la ‘Visión interna’ que modela y diferencia la materia prima, dándole forma.”(14)

DESPERTANDO AL PROPÓSITO DE LA CREACIÓN

El Alma del Mundo no es tan sólo un concepto filosófico o psicológico. Es una sustancia espiritual dentro, y alrededor, nuestro. Del mismo modo que el alma individual abarca todo nuestro ser, nuestro cuerpo, pensamientos y sentimientos, es la naturaleza del Alma del Mundo estar presente en todas las cosas. Ella impregna toda la creación, y es un principio unificador en el mundo. El médico-alquimista Thomas Brown vió el, “Espíritu Universal de la Naturaleza, el anima mundi, o Alma del Mundo, responsable por todos los los fenómenos y aquello que une a toda la vida.”(15)

Y Marsilio Ficino veía al Alma del Mundo floreciendo en todas partes:

El alma es la totalidad de todas las cosas juntas... Y como es el centro de todas las cosas, tiene las fuerzas de todo. Por lo tanto circula dentro y entre todas las cosas. Y como es la conexión verdadera de todas las cosas, va de una a la otra sin dejar las demás...por lo tanto, podría ser con total derecho llamada el centro de la naturaleza, el término medio de todas las cosas, la apariencia exterior de todo, el vínculo y unión de todo el universo.(16)

El alma del mundo impregna toda la creación como la sal se disuelve en el agua. El mundo físico es el plano más denso, y dentro y sosteniéndolo está la realidad del alma, la cual contiene la Inteligencia Superior que es el principio de creatividad y de orden de la vida.

La inteligencia de Dios está en todas las cosas. Es la chispa luminosa en la materia, la luz dentro del ser humano. Cuando nos aislamos de nuestra alma, nos negamos acceso consciente a esta luz, a su inteligencia y guía. Entonces, nuestra vida pierde sentido y propósito, “ una sombra caminante...que no significa nada.” Sin un objetivo real, nuestra vida es tan sólo existencia física. Cuando nos reconectamos con nuestra alma, la magia y el significado de la vida reviven tanto en nosotros como a nuestro alrededor.

Nuestra verdadera ofrenda a la vida es mantenernos conscientes de su propósito. Cuando estamos conscientes de su objetivo, la luz del alma brilla en nuestro diario vivir, y su secreto oculto dentro del mundo, vuelve a la vida. Además, la luz que está en nuestro interior está también en todas las cosas, “es el centro de todo.” Cuando dicha luz se aviva dentro nuestro, revive en la totalidad de la creación, revelándole su verdadero objetivo. En la actualidad, nuestra cultura colectiva ve la vida básicamente desde una perspectiva materialista, adoramos al dios del cosumismo, haciendo del comprar el objetivo central de nuestra vida. Nos estamos encarcelando dentro de la materia. Hemos olvidado el significado simbólico y sagrado del mundo exterior. Alienados de nuestra alma, hemos privado a la creación de su significado más profundo. Y como hemos negado al mundo su divinidad, lentamente está muriendo.

El verdadero trabajo alquímico es liberar a la creación de su cárcel, despertar la vida a su significado. Tenemos que liberar la luz que está en nosotros y en el mundo. Una imagen transcendente de Dios sólo nos dará acceso a la luz trascendental. Nosotros necesitamos la luz oculta en la materia, el oro que se oculta en el plomo. Cuando esta luz resurge en la vida, puede cambiar las pautas de la creación y desarrollar las formas del futuro que devolverán la armonía a la vida. De este modo, puede manifestar su naturaleza unificadora.

Los alquimistas comprendieron la naturaleza de esta luz:
Es el progenitor de cada trabajo milagroso en el mundo entero.....
Su poder es perfecto cuando se transforma en tierra.(17)

Trabajando en el mundo, esta fuerza es la luz y el poder de Dios manifestado. La luz que está en nuestra psique es la luz del anima mundi. En las profundidad de nosotros mismos, descubrimos esta unidad esencial. Este es el mismo conocimiento al que llega el yogui cuando experimenta conscientemente que su verdadera naturaleza y alma imperecedera (atman) es el Alma Universal (Atman). Lo que está dentro nuestro está en todas las cosas. Una vez que comprendemos esta verdad, damos un paso fuera de los parámetros de nuestro ser individual, y venimos a darnos cuenta del poder que yace dentro nuestro. Este cambio de conciencia es un avance muy simple que tiene profundas consecuencias.

VISUALIZANDO EL MUNDO

Actualmente el mundo está dormido, padeciendo los sueños de la humanidad, los cuales se han transformado en pesadillas de profanación y polución. En nuestro orgullo desmesurado, hemos olvidado que el mundo es más que nuestras proyecciones colectivas, hemos olvidado que el mundo es más misterioso y extraño que lo que nuestras mentes racionales desearían hacernos creer. La física cuántica ha revelado un mundo fluido e impredecible, en el cual la conciencia y la materia no están separadas—por ejemplo, que un fotón de luz se comporte como una partícula o una onda depende de la conciencia del observador. Pero nosotros nos quedamos con las imágenes de la física newtoniana, o sea, la materia carece de vida, es definible y sólida, y entonces, la conciencia que es objetiva queda protegidamente divorciada del mundo físico. La materia y el espíritu continúan divididos, y nosotros permanecemos en la fantasía patriarcal de que tenemos control sobre nuestro planeta.

Como ya hemos visto, el mundo físico no siempre fue vivido como tan separado. Muchas culturas han estado preocupadas con la relación entre los mundos. En la imaginación medioeval, el mundo físico era tan sólo una parte de la Gran Cadena del Ser universal. Las catedrales medioevales imaginaban una relación geométrica entre las diferentes partes, el laberinto simbolizaba nuestro viaje a través de este mundo, reflejando en las imágenes de los vidrios pintados (vitraux) de sus ventanales, una luminosa realidad superior. En el sufismo de Ibn’Arabî, se veían los mundos conectados por la esfera simbólica de la imaginación, que actuaba como puente o como “intermediario entre el mundo de lo Misterioso (‘alam al-ghayb) y el mundo Visible (‘alam al-shahdat).”

En su réplica y crisol, los alquimistas trabajaban no sólo con sustancias químicas, sino también con las energías interiores de la vida. Sus escritos simbólicos describen tanto una mezcla de tinturas como también el matrimonio del rey y la reina, la unión del sol y la luna. Los alquimistas tomaron seriamente su labor, conscientes del nivel real de responsabilidad requerido.(18) Ellos sabían que estaban trabajando con una substancia secreta en la vida, “mercurio” o “azogue,” un catalizador que puede transformar aquello que toque. La forma en que los elementos químicos cambiaban y se transformaban, reflejaba como la vida podría transformarse, usando la correcta mezcla de ingredientes. Ellos también sabían que la materia y el espíritu no están separados. Hoy la ciencia moderna está demostrándonos este mismo hecho. Sin embargo, es todavía un gran misterio para nosotros la forma en que los mundos interior y exterior se relacionan, y el modo en que la conciencia afecta al mundo físico.

Una vez que renunciamos a nuestro “seguro concepto” de un mundo separado, estático y definido, nos abrimos a una realidad más dinámica, en la cual la vida es un campo de energía con el que nuestra conciencia e inconciencia interactúan. Es como la pulsante red de Indra continuamente entretejida por el alma, a través de la cual nuestra conciencia toma forma y nuestros sueños se tornan realidad. Liberando el anima mundi necesitamos de los poderes mágicos de la naturaleza para poder sanar y transformar nuestro mundo. Pero despertar esos poderes podría significar que nuestras instituciones patriarcales perdieran su control, a un mismo tiempo que los misteriosos mundos interiores reanuden su participación emitiendo algunas fuerzas que eran entendidas y usadas por los chamanes y sacerdotisas, y cuya existencia el mundo patriarcal ha olvidado. La ciencia del futuro trabajará con estas fuerzas, explorando cómo los diferentes mundos se relacionan, incluyendo cómo las energías interiores pueden ser usadas en el exterior. El chamán y el científico trabajarán aunadamente, la sabiduría del médico y el conocimiento de la sacerdotisa renovarán su antigua conexión.

Pero el primer paso es despertar esos poderes, no tan sólo individualmente, sino para todos. Estamos acercándonos a una era global, y cualquier cambio real necesita realizarse globalmente. Si intentamos usar poderes para nuestro propio beneficio personal, estamos arriesgando descender al terreno de la magia negra, la cual utiliza los poderes internos para los propósitos del ego. Nuestro próximo paso en la evolución es reconocer la verdad básica de la unidad y reunir nuestra luz individual con el Todo.

La labor comenzada por Jung nos ha dado acceso a la ciencia de la alquimia, revelando este aspecto encubierto de nuestra tradición esotérica occidental. Las técnicas psicológicas se han desarrollado para ayudar a revelar un mundo interno de energía, poder y potencial creativo. Ya no más necesitamos encerrarnos en la superficie del mundo. Sin embargo, nuestra tendencia ha sido tomar este acceso tan sólo para nosotros mismos, para nuestro trayecto interno, y no percibimos sus mayores implicaciones.

La alquimia verdadera siempre fue para benenficio de la totalidad. En nuestro propio camino, en nuestro propio proceso alquímico, trabajar por el bien de todos significa reconocer la dimensión del anima mundi. La luz que descubrimos en nuestras profundidades es un chispa del Alma del Mundo, y el mundo necesita de esta luz para poder desarrollarse. Cuando hacemos esta conexión en nuestra conciencia y nuestra imaginación, comenzamos a cambiar la trama de la vida. Los alquimistas conocían la potencia de esta chispa, del mercurio filosofal. La misma sustancia que transforma nuestro ser, es el espíritu primordial del mundo creado, el “fuego universal y centellante en la luz de la naturaleza, la que lleva consigo el espíritu celestial.’ Cuando lo liberamos dentro nuestro sin reclamarlo tan sólo para nosotros, con el único propósito de nuestro desarrollo personal, creamos ciertas conexiones por las que esta energía puede fluir dentro del centro de la vida. Podemos participar en el trabajo alquímico de la liberación del anima mundi. Es este el primer paso del trabajo.

¿Qué significa verdaderamente liberar el anima mundi? En nuestro opus alquímico individual experimentamos los efectos de liberar la luz, la energía y el potencial creativo que yacen en nuestro interior. Sabemos cómo esta liberación puede radicalmente cambiar nuestra visión y experiencia de vida. Conocemos una nueva dimensión de nosotros mismos, y la vida comienza a abrir mágicamente puertas que antes estaban cerradas o escondidas. Por supuesto, estos cambios no siempre son lo que nosotros querríamos—ellos no satisfacen nuestros deseos superficiales, sino que tienen un significado y propósito más profundos. Algo en nosotros despierta y la vida del espíritu comienza. Los alquimistas comprendieron que el individuo es un microcosmos de la totalidad, y que lo que puede suceder a cada uno de nosotros, le puede suceder al planeta.

Cuando la luz del alma retorna, un mundo que parecía grisáceo comienza a brillar; la multitud de cualidades de la creación se hace visible. En vez de buscar placer sin fin, la vida nos impulsa hacia la búsqueda de significado, y así los colores de la vida nos hablan, contándonos su historia, cantándonos su canción. La música de vida retorna, una música que es creación viva. Un diálogo verdadero entre nuestro interior y nuestra vida externa comienza a desarrollarse, al mismo tiempo que participamos directamente en el misterio de la vida volviendo a la vida, dentro nuestro y dentro del mundo. En la luz del alma las barreras entre lo interno y lo externo se disuelven, y ya no más tenemos que cavar debajo de la superficie para encontrar alguna apariencia de propósito en nuestras vidas.

La luz del alma que vuelve al anima mundi nos librará del dominio del materialismo, porque nos despertará a cualidades diferentes en la vida, nos dará sueños distintos que seguir. En esta luz veremos la vida de modo diferente, un mundo distinto se hará visible. Cuando la materia está muerta y el alma está dormida, somos facilmente seducidos por las atracciones del materialismo: no encontramos otra cosa que nos satisfaga. Pero experimentamos en nuestro camino cómo podemos súbitamente despertar a una realidad diferente, que siempre estaba alrededor nuestro, y que sin embargo no podíamos ver, un mundo que no pertenece a comprar y vender sino al misterio del alma. Entonces retorna el sentido de milagro y respeto. Lo mismo puede suceder con el planeta. Estamos deseosos de participar en una vida multidimensional y llena de belleza, en vez de buscar solamente nuestro propio placer. ¿Quién no cambiaría lujuria por Amor? La luz del alma es el espíritu dentro de la materia que hace danzar a la vida. Nos despierta a la simple alegría de lo que es:

Te agradezco Dios por el día más maravilloso,
Por los verdosos espíritus saltarines de los árboles,
Y por un verdadero sueño azul del cielo;
Y por todo lo que es natural, lo que es infinito, lo que es sí,
(yo que había muerto, hoy he revivido,
y este es el nacimiento del sol;
este es el nacimiento de la vida, y del amor, y de las alas:
y del gran feliz acontecimiento de una tierra ilimitada)(19)

Este es el planeta en el cual hemos nacido. Aún nuestras calles y shopping malls en las ciudades están vivos de un modo que está actualmente velado. La Creación está burbujeando de tantas formas, a pesar que su espectro de colores está en estos momentos sólo parcialmente visible. Hemos creado una prisión de materialismo, pero esto es únicamente una ilusión. Si dejamos que la vida nos hable, ella nos mostrará la forma de destrabar esta puerta, tirar abajo estas paredes, deshacer la pesadilla. Hay fuerzas dentro de la vida más poderosas que nuestras corporaciones y los políticos. Y estas fuerzas no juegan con las reglas que hemos creado. Con sonrisas y travesuras, ellos pueden reformar nuestras vidas.

Nuestro mundo hoy por hoy está dormido. Sus poderes mágicos están en su mayor parte dormidos, pero están presentes. Hemos limitado el milagro a la seguridad de “pequeños eventos”, pero todo el mundo es milagroso. Tal vez hablemos de “milagro de vida,” pero colocamos este milagro dentro de un envase protegido de lo que esperamos que suceda. No nos atrevemos a reconocer que un milagro verdadero es lo inesperado, la divinidad despertando en la vida. Podríamos tratar de frenar esta dimensión que es pura felicidad y luz, para quedar dentro de los límites de nuestro ego y de nuestras expectativas. Sin embargo, hacer esto es negar la creación de Dios, es negar que hay una Inteligencia continuamente recreando el mundo de acuerdo a los principios divinos que están más allá de nuestra comprensión racional.

En nuestro viaje interior, comenzamos a vislumbrar el trabajo del alma, de como ayuda a crear nuestra vida exterior de un modo a menudo milagroso, al mismo tiempo que re-acondiciona nuestro ser interior. A medida que nos alejamos del ego y nos dirigimos hacia el alma, vislumbramos más y más, su poder y propósito. Su luz es el principio de orden en nuestras vidas; puede crear armonía de los aspectos más dispares de nuestro psiquismo, trayendo el mandala del alma a la existencia. Gracias al trabajo del alma, comenzamos a tener una vida externa balanceada con nuestro ser interior. No es diferente para el planeta. El anima mundi es el principio de orden y creatividad en la creación. Sin su presencia, experimentamos sólo los díscolos elementos de nuestro ego, la codicia, inseguridad, y la dinámica de poder que son tan visibles en nuestro paisaje contemporáneo. Cuando su luz se despierta, puede traer armonía y equilibrio al mundo. Esta sencilla y básica verdad era conocida por los alquimistas: es la luz oculta en la materia la que redimirá al mundo.


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Notas a pie de página

(1) Stefan Hoeller, "Gnosis: A Journal of Western Inner Traditions" (vol. 8, Verano 1988).
(2) Timaeus 30D3-31ª1, Timaeus de Platon, traduc. F.M. Cornfield. Indianapolis: Bobbs-Merill, 1959.
(3) Hay una tradición medioval que los artistas de vidrio pintado aprendieron de los alquimistas como usar vidrio para transformar la luz.
(4) David Fideler, El Alma del Cosmos p.138. Richard Tarnas, The Passion of the Western Mind, p.213. New York: Harmony Books, 1991.
(5) Giordano Bruno, Causa, Principio, y Unidad, trad. Jack Lindsay, p.81. (Traducido por Jack Lindsay. New York: International Publishers, 1964.
(6) Cita del texto alquímico por C.G.Jung, Collected Works, vol. 8, p. 388.
(7) C.G.Jung, Collected Works, vol. 14, p. 372
(8) Ver John Eberly, Al-Kima: The Mystical Islamic Essence of the Sacred Art of Alchemy. Hillsdale N.Y: Sophia Perennis. 2004
(9) The Hermetic Museum,1:13, cita de Eduard Edinger in The Anatomy of the Psyque, p.11. Ver también Vaughan-Lee, Catching the Thread, p. 66 ff.
(10) Cita de Edinger, Anatomy of the Psyque,p.231. Hermes Trismegistos es el “patrón” del arte alquímico. De acuerdo a la leyenda, La Tabla Esmeralda fue encontrada en la tumba de Hemes Trismegistos por Alejandro Magno. “Es el compendio secreto del opus alquímico, una receta para la segunda creación del mundo, el unus mundus.”
(11) Poems and Prose of Gerald Manley Hopkins, “La grandeza de Dios.”
(12) Ghalib, trad. Jane Hirshfield, The Enlightened Heart, ed. Stephen Mitchell, p. 105.
(13) Collected Works, col.11, ¶ 759.
(14) David Fideler, The Soul of the Cosmos, p. 100.
(15) http://en.wikipedia.org/wiki/The_Garden_of_Cyrus
(16) Paul Oskar Kristeller, The Philosophy of Marsilio Ficino, p. 120. (New York: Columbia University Press,1943).
(17) Hermes Trismegistos, The Emerald Tablet, 4 & 5.
(18) “Por la tanto tu debieras testear cuidadosamente y examinar la vida, caracter, y aptitud mental de cada persona que se inicie en este Arte.” The Hermetic Museum, 2:12. Cita de Eduard Edinger, Anatomy of the Psyque, p.7.
(19) E.E. Cummings, Selected Poems 1923-1958, “i thank You God for most this amazing.”