The Golden Sufi Center

Ecología spiritual

Llewellyn Vaughan-Lee

Publicado en versión original en inglés en globalonenessproject.org


Las señales de una creciente crisis ecológica se van volviendo cada vez más claras: calentamiento global, acidificación de los océanos, extinción masiva de especies. Los patrones climáticos son cada vez más inestables, a medida que nuestro ecosistema se desequilibra -un resultado directo de nuestra cultura materialista, impulsada por los combustibles fósiles. Estamos destruyendo nuestro ecosistema, el mismo sistema perfectamente equilibrado que nos sostiene. Y parecemos incapaces de tomar las medidas necesarias para frenar la aceleración del desastre. Nuestros políticos ponen el crecimiento económico a corto plazo delante de cualquier consideración ecológica a largo plazo.

Lamentablemente nuestra cultura se ha apropiado incluso del concepto de "sostenibilidad". La sostenibilidad ya no se refiere a mantener la viabilidad de nuestro ecosistema, su biodiversidad y belleza, su vida salvaje y maravilla, sino la cultura sumamente materialista que lo está destruyendo. Esta actitud pone de manifiesto que, por encima de todo, queremos mantener nuestro estilo de vida, que consume gran cantidad de energía y agota los recursos, y cuyas propias demandas están dañando nuestro planeta. "El ecologismo ya no es acerca de cómo salvar el medio ambiente. En su lugar, se ha convertido en cómo podemos salvar nuestro estilo de vida en un mundo desarrollado". 1

La crisis medioambiental se está volviendo cada vez más visible e inmediata. Es la mayor amenaza para el futuro de la humanidad y el bienestar del planeta. Y, sin embargo, es solo un síntoma de una crisis mucho más profunda cuyo peligro pasa desapercibido, a pesar de que está en la base de nuestra tragedia medioambiental externa: la crisis espiritual provocada por un profundo olvido de lo sagrado dentro de la creación.

Este desequilibrio primario comenzó hace siglos. Somos los hijos y herederos de una cultura que ha desterrado a Dios al cielo. El cristianismo primitivo persiguió toda espiritualidad basada en la Tierra, y fomentó el concepto de un mundo físico impregnado de oscuridad y pecado. Luego, después de la época de la Ilustración, la física newtoniana entendió el mundo como un mecanismo inanimado cuyas leyes necesitaban ser descubiertas para que pudiéramos dominarlo. La Tierra como un ser espiritual con un alma, que los antiguos llamaban el anima mundi, el alma del mundo, cayó en el olvido, desterrada incluso de nuestra memoria colectiva.

Como resultado, hemos desarrollado una cultura materialista que utiliza la Tierra para sus propios fines egoístas. En lugar de desempeñar nuestro papel tradicional como guardianes del planeta, la Tierra se convirtió en un medio para servir a nuestros deseos materiales, cada vez mayores. Nuestra codicia ahora camina con botas pesadas por todo el mundo, con total desprecio por la naturaleza sagrada de la creación, haciendo que vivamos en un mundo moribundo. Y, sin embargo, como durante siglos nos han enseñado que estamos separados del mundo, que es solo un objeto que debemos tratar de controlar, hemos olvidado que incluso tiene un alma. Estamos desconectados del mundo y su interconexión. Nuestra cultura occidental ya no sabe cómo relacionarse con él como un ser sagrado.

Ahora que nos enfrentamos a las desastrosas consecuencias exteriores de nuestras acciones, hay un movimiento que recuerda que la Tierra es un ser vivo, y que nuestra existencia es parte de una red interconectada de vida. Esta es la filosofía Gaia 2 que nos recuerda el delicado equilibrio de todos los seres vivos que forman parte de este planeta. La conciencia medioambiental real respeta los derechos de toda la creación. Y sin embargo, apenas se reconoce la dimensión espiritual de la creación: que el mundo como un ser vivo no solo tiene un cuerpo físico, sino también un alma. Si no volvemos a esta conciencia espiritual fundamental, toda conciencia ecológica permanece lamentablemente desequilibrada. La verdadera sanación no puede tener lugar si continuamos repitiendo la escisión que comenzó hace siglos, cuando lo divino fue desterrado al cielo y este mundo físico comenzó su descenso paulatino al desierto espiritual, y ahora físico, que hemos heredado.

Así como nuestras acciones han creado la mayor extinción de especies causada por el ser humano que este planeta haya experimentado nunca, nuestra actitud colectiva ha afectado desastrosamente al mundo interior. Las enseñanzas espirituales nos han dicho mucho sobre el papel de la conciencia, cómo nuestra actitud y conocimiento pueden afectar nuestra realidad interna y externa. Las culturas indígenas y sus chamanes entendieron la importancia de trabajar con la energía sagrada de la creación. Pero nuestra cultura materialista occidental no tiene respeto por lo espiritual dentro de la creación y no tiene comprensión de los mundos internos. Y en las últimas décadas, sus valores y empresas han comenzado a dominar todo el planeta.

Podemos reconocer cómo las empresas globales han saqueado y contaminado nuestro planeta. Pero no entendemos cómo la actitud colectiva inhumana que fomentan tiene un efecto directo sobre la realidad espiritual interna del planeta. Nuestro olvido de lo sagrado y nuestra búsqueda del bienestar exclusivamente material han creado un desierto interior tan real como las Arenas Bituminosas del Norte de Alberta.3

El hecho de que hayamos olvidado la dimensión sagrada de la vida no significa que no experimentemos sus consecuencias. Nuestra adicción al consumo puede ser vista como una consecuencia directa de una vida sin sentido sagrado, donde la alegría se ha perdido y en su lugar se nos ha dejado con una búsqueda constante de bienes de consumo y entretenimiento. Si las necesidades de nuestra alma fueran satisfechas con los simples intercambios de la vida cotidiana, los rituales sagrados de cocinar o cuidar a otros, ¿estaríamos tan infinitamente hambrientos de distracciones superficiales? ¿Tendrían los juguetes del materialismo semejante agarre si la vida fuera más profundamente satisfactoria? ¿Y cuáles son las implicaciones ecológicas de nuestra búsqueda mecánica de estimulación, de deseos y diversiones?

En su nivel más profundo, este planeta tiene el potencial de dar sentido y propósito a nuestras almas, así como de nutrir nuestros cuerpos. Esto siempre ha sido entendido por las culturas tradicionales que tienen sus raíces en lo sagrado. Pero mientras nuestra civilización nos inunda de información, falta el conocimiento fundamental de cómo nuestras almas son nutridas. No recordamos que la sustancia espiritual de la vida, el espíritu dentro de la materia, da sentido a nuestra existencia cotidiana, que lo sagrado en la vida nos alimenta. Hemos olvidado el propósito más profundo y más fundamental de nuestra vida, y corremos peligro de convertirnos en "fantasmas hambrientos", almas que buscan un alimento que no pueden encontrar.

Así como nuestro menosprecio del medioambiente está destruyendo su frágil ecosistema, nuestro abandono de lo sagrado de la creación está profanando y destruyendo la sustancia más valiosa. El alma del mundo se está muriendo, y no nos damos cuenta de lo que estamos haciendo o de cuáles pueden ser las consecuencias. Esta es la verdadera tragedia espiritual de nuestro tiempo, de la que no se informa y que no se reconoce. La ecología espiritual significa volver a esta conciencia primordial, ayudar a reparar la división entre espíritu y materia, antes de que la vida pierda su sentido sagrado. Solo cuando se sana el alma, puede el cuerpo volver al equilibrio. Lo que es cierto para nuestra propia vida individual también es cierto para todo el planeta.

Diariamente vemos los signos visibles de nuestra crisis ecológica, el derretimiento de los glaciares, inundaciones y sequías. También podemos sentir la profunda ansiedad de una civilización que ha perdido su camino y olvidado su antigua conexión con lo sagrado que es lo único que puede dar un significado real. Si escuchamos con atención, podemos escuchar la llamada desesperada del alma del mundo, la angustia del anima mundi al sentir que su sustancia sagrada se está agotando, que la luz se está yendo. Si asumimos la responsabilidad real de nuestra difícil situación actual, tenemos que responder tanto externa como internamente. Tenemos que trabajar con el cuerpo, así como sanar el alma del mundo.

El primer paso siempre es reconocer lo que está sucediendo. Ya no podemos permitirnos tener la estrechez de miras de nuestra cultura materialista y sus valores superficiales. Al igual que la verdadera sostenibilidad abarca la biodiversidad de todo el planeta, también incluye lo sagrado dentro de la creación. Tenemos que volver a aprender la sabiduría de escuchar a la vida, sentir el latido de su corazón, sentir su alma. Pero primero, hay una necesidad urgente de reconectar la materia y el espíritu. Toda la vida es sagrada, cada respiración y cada piedra. Este es uno de los grandes secretos de la unidad: todo está incluido. Dentro de nuestro corazón y nuestra alma, podemos reconectarnos con nuestro conocimiento primordial de que lo divino está presente en todo.

No podemos volver a la sencillez de un estilo de vida indígena, pero podemos llegar a ser conscientes de que lo que hacemos y como somos a un nivel individual afecta el medioambiente global, tanto exterior como interiormente. Podemos aprender a vivir de una manera más sostenible y no dejarnos atraer por un materialismo innecesario. También podemos trabajar para sanar el desequilibrio espiritual en el mundo. Nuestra conciencia individual de lo sagrado dentro de la creación reconecta la división entre el espíritu y la materia dentro de nuestra propia alma y en el alma del mundo: somos parte del cuerpo espiritual de la Tierra más de lo que somos conscientes.

Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia manera de hacer esta ofrenda. Hay, por ejemplo, una sencilla oración por la Tierra: el acto de colocar al mundo como un ser vivo en nuestros corazones cuando interiormente recordamos a lo Divino. Nos damos cuenta en nuestro corazón de la tristeza y el sufrimiento del mundo, y pedimos que fluyan el amor divino y la sanación allá donde se necesite. Oramos para que a pesar de que continuemos tratando al mundo tan mal, el poder de la voluntad divina nos ayude y ayude al mundo, ayude a devolver a la Tierra el equilibrio. Tenemos que recordar que el poder de la Divinidad es mayor que el poder de todas las corporaciones globales que siguen haciendo del mundo un desierto, mayor incluso que las fuerzas del consumismo que demandan la sangre vital del planeta.

A veces es más fácil sentir esta conexión cuando sentimos la tierra en nuestras manos, cuando trabajamos en el jardín cuidando nuestras flores o verduras. O cuando cocinamos, preparando las verduras que la Tierra nos ha dado, mezclando las hierbas y especias que dan sabor. O haciendo el amor, al compartir nuestro cuerpo y el éxtasis con nuestra pareja, podemos sentir la ternura y el poder de la creación, cómo una sola chispa puede traer algo a la vida. Entonces nuestro hacer el amor puede ser una ofrenda a la vida misma, un recuerdo del éxtasis de la creación plenamente sentido.

La unidad divina de la vida está dentro y alrededor de nosotros. A veces, caminando solos en la naturaleza, podemos sentir su latido y su maravilla, y nuestros pasos se vuelven pasos de recuerdo. La sencilla práctica de "caminar de una manera sagrada" en la que con cada paso que damos sentimos la conexión con la tierra sagrada, es una manera de reconectarse con el espíritu vivo del mundo.

Hay muchas maneras de reconectarse con lo sagrado dentro de la creación, de escuchar dentro de uno e incluir a la Tierra en nuestra práctica espiritual y vida cotidiana. Observar el simple milagro de un amanecer puede ser un regalo en sí mismo. O cuando oímos un coro de pájaros en la mañana, podemos sentir la profunda alegría de la vida y despertar a su naturaleza divina. Por la noche, las estrellas pueden recordarnos lo que es infinito y eterno en nosotros y en el mundo. De cualquier modo que seamos llevados a maravillarnos, a reconocer lo sagrado, lo importante es siempre la actitud que llevemos a este intercambio íntimo. Es a través del corazón que se realiza una conexión real, aunque primero lo hagamos con los pies o las manos. ¿Sentimos realmente que somos parte de este hermoso y sufriente planeta, sentimos su necesidad? Cuando esta conexión se hace viva, una corriente de vida fluye desde nuestro corazón y abarca toda la vida. A continuación, cada paso, cada toque, será una oración por la Tierra, un recuerdo de lo que es sagrado.

Nuestra crisis ecológica actual nos está llamando y nos corresponde a cada uno de nosotros responder. Hay que actuar en el mundo exterior, pero esta acción debe provenir de nuestra conexión renovada con lo sagrado; si no es así, reconstituiremos los patrones que han creado este desequilibrio. Y hay trabajo por hacer en nuestros corazones y nuestras almas, el trabajo básico de sanar el alma del mundo, de reponer la sustancia espiritual de la creación. Esta es una oportunidad para la humanidad de recuperar su papel de guardianes del planeta, de asumir la responsabilidad de la maravilla y el misterio de este mundo, y de participar en su naturaleza sagrada.

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NOTAS

1. Paul Kingsnorth
2. http://en.wikipedia.org/wiki/Gaia_philosophy
3. Las Arenas Bituminosas de Athabasca (Canadá), uno de los mayores depósitos de petróleo que quedan en el mundo y el proyecto industrial más grande del mundo, están causando la devastación ambiental de vastas áreas de bosques y humedales.