The Golden Sufi Center

Respuestas Simples

Llewellyn Vaughan-Lee


Los Místicos enseñan cosas simples,
Y esas cosas simples le cambian la vida a la gente.

— IRINA TWEEDIE


Estamos llegando al fin de una Era, y nos encontramos en el amanecer de un nuevo período. Cuando una Era termina y otra comienza, se genera el poder que permite traer la nueva Era a la existencia. Este poder es necesario para ayudar a disolver las imágenes y estructuras del pasado, para destruir lo que es viejo y ayudar a que nazca lo nuevo.

Colectivamente, debemos dejar de lado muchos de los patrones y formas de relacionamiento del pasado, si es que vamos a adoptar completamente un nuevo modo de ser y de vivir juntos. Por ejemplo: tendremos que ir más allá de la usual sensación de seguridad que asociamos con la prosperidad material. El apego al dinero y a los bienes materiales cederán paso a una fuente más profunda de significado, seguridad y bienestar.

Nuestros anticuados modelos de conducta ya están perdiendo control sobre nosotros. Muchas personas están percibiendo esta situación, y sienten una profunda inquietud acerca del tema “seguridad”. Pero, ¿estamos observando detenidamente el origen de esta inquietud? ¿Reconocemos los cambios que son posibles? ¿Estamos tratando de aplicar estos cambios, o estamos peleándonos contra ellos?

A pesar de nuestro profundo miedo al terrorismo, a las amenazas económicas y medioambientales, la inquietud presente en nuestra cultura no proviene del exterior. El problema real que estamos encarando no es político, ni sociológico, ni ecológico. Más bien, estamos empezando a percibir que algo fundamental, de base, ya no se puede sostener más. Esta es la profunda razón de nuestra inseguridad colectiva que luego proyectamos en aquellas fuerzas externas que parecen amenazarnos.

Es hora de mirar detenidamente lo que realmente está sucediendo. El místico siempre ha sabido que para encontrar la causa de cualquier efecto, debemos llevar nuestra atención hacia nosotros mismos, hacia nuestras pautas o conductas interiores. Observando las señales que recibimos en nuestros sueños, estudiamos las imágenes de nuestra psique que no están censuradas por condicionamientos conscientes. Gracias a que José, en el Antiguo Testamento, interpretó los sueños de los siete años de vacas gordas y los siete años de vacas flacas, Egipto se salvó de una tremenda catástrofe.

A pesar de esto, solemos rechazar las imágenes del mundo interior como si pertenecieran únicamente a un pasado mitológico o al sillón del psiquiatra, al mismo tiempo que escuchamos atentamente las voces de expertos externos. Pero, con tantos periodistas, locutores, políticos, analistas económicos, y aún visionarios espirituales, ¿Cómo podemos saber a quién o en qué confiar? ¿Y sabemos tan siquiera cómo escuchar?

Y, sin embargo, si observamos con cuidado, hemos de hallar un hilo que vincula todo, que conecta nuestros sueños y las historias de las noticias, une lo trivial, lo mundano y a lo sensacional. Hay una fina hebra que es nuestro destino colectivo. Este hilo conector se encuentra no sólo dentro de cada uno de nosotros sino también en el mundo que nos rodea.

Esta hebra es tan simple que es ignorada. Es tan común y corriente que pasamos por delante sin verla. Esta fibra se encuentra en nuestra esperanza, en nuestra necesidad de ser amados, está en el cálido tomarse de las manos, y en el contacto de un beso. Es la conexión más básica entre seres humanos, la encontramos en la naturaleza misma de la comunicación más que en las palabras en sí. La hallamos en el simple hecho de que vivimos todos juntos, ya sea en las villas miserias o en los suburbios. Se encuentra en el conocimiento primordial de que nosotros somos Uno.

Porque vivimos al final de una Era, es que la vida aparentemente se ha hecho más complicada. Este es uno de los signos de que las cosas se están cayendo a pedazos. Y con nuestros modelos generados por computadoras, buscamos respuestas complejas a nuestros problemas.

Pero los signos de esta cultura que emerge no son complejos. Estos signos están en modelos que unifican, que reunen las cosas, en vez de dispersarlas en una miríada de partes. El peligro se presenta cuando rechazamos lo que se ofrece, ya sea por ignorancia o arrogancia, y nos apegamos a nuestra conducta de interminable complejidad, en vez de reconocer los simples valores humanos que pertenecen a nuestro ser.

Nosotros no tenemos que salvar ni proteger nuestra cultura. No tenemos el poder de resistir las dinámicas de cambio. Tampoco debemos crear una nueva cultura. No tenemos ni la energía ni el conocimiento suficientes para emprender tamaña empresa.

Lo que sí tenemos, es una responsabilidad: la de escuchar, la de amar y ser amados, y la responsabilidad de tomar conciencia de lo que realmente está pasando. Necesitamos aceptar que no podemos salvar al planeta, del mismo modo que no podemos triunfar contra las fuerzas de la corrupción. Ya se han peleado suficientes batallas. Y además, el planeta es un ser vivo que puede sanarse a sí mismo, con nuestro amor y cooperación.

Lo que siempre se nos pasa por alto, es el simple milagro de ser humanos, lo cual significa ser divinos. Nosotros somos el punto de encuentro de los dos mundos, el lugar donde pueden suceder milagros y donde la divinidad se aviva de un nuevo modo. Nosotros somos la luz al fondo del túnel. Somos la calidez, el cuidado y la compasión, en tanto que a un mismo tiempo, cargamos las cicatrices de nuestra crueldad y furia.

El cambio que llega es fundamental, es un retorno a lo que es simple y esencial, a lo que es básico para la vida y que sin embargo, no es fácil vivir. Hay fuerzas en acción que nos empujan hacia afuera de nosotros mismos, hacia una mayor complejidad. Estas son las fuerzas que nos roban nuestra alegría y demandan que trabajemos más y más fuerte. Ellas nos llevan a conflictos que no necesitamos, y siempre intentan oscurecer el simple regocijo de vivir, de estar juntos, y de valorar nuestra amistad. La comida rápida y las mega-películas podrán brillar y atrapar nuestra atención colectiva, pero en nuestros corazones sabemos que algo básico está siendo ignorado. Simplemente tenemos que reconocer lo que es real y existe en nuestras propias vidas. Lo que es real tiene la energía y la luz que nos libera de tantas creencias impuestas, como por ejemplo, la creencia en el consumismo que alimenta la codicia y la avaricia que están destruyendo nuestro planeta.

En la simplicidad de nuestros valores humanos básicos, el amor, y la alegría, y la esperanza, están todos relacionados. A pesar de ello, tan sólo podemos descubrir esta conexión cuando retornamos al simple núcleo de nuestro ser. De lo contrario, caeremos junto a un mundo que ha perdido su centro, un mundo que cree en sus propios esloganes publicitarios. Cuando retornemos a esta conexión del corazón, veremos lo que está naciendo. Veremos como se está produciendo una interconexión de individuos, grupos y comunidades, como se están desarrollando nuevos modelos de relacionamiento, y de que modo la energía de vida está fluyendo a través de estos nuevos patrones. Una vez más la humanidad se está recreando, creando una nueva civilización en medio de la vieja.

Poniendo nuestro foco tanto en las complejidades como en los aparatos electrónicos de nuestra cultura, se nos ha pasado desapercibida la regla básica de que cuanto más complejo es algo, más fragmentada y dispersa se vuelve su energía. Los seres humanos tienen un rol único por ser el microcosmos de la Totalidad, lo que significa que pueden llevar toda la multiplicidad de la creación dentro de la simpleza de su naturaleza esencial. En esta simplicidad llevamos la Totalidad y también el poder y el potencial divino.

Cuando un ser humano no está diseminado entre “las diez mil y una cosas,” es muy poderoso. Esto es parte del propósito de la práctica espiritual: al retornar a nuestra esencia, nos volvemos más concentrados y más capaces de reclamar nuestro propio poder. En el corazón de nuestro ser esencial, llevamos la huella de Dios y de su milagrosa naturaleza. Esta cualidad de vida es capaz de expresarse más directamente en nuestro amor, alegría y esperanza, al igual que en otras cualidades simples. Reconectándonos con estas cualidades, nos reconectamos con la divinidad dentro de nosotros mismos y con el poder de Dios. Y cuando vivimos estas cualidades, traemos el poder de Dios a la vida. Este poder o energía, puede fluir junto con los modelos de relacionamiento que se están creando dentro de toda la existencia. Esta es un forma simple y directa en que la vida puede regenerarse a sí misma.

Los signos de esta regeneración están a nuestro alrededor, en la forma en que la gente se va conectando de diferentes formas. Internet es una parte esencial de este proceso, por el modo en que conecta personas más allá de las barreras de raza o ubicación geográfica. Diferentes personas de todas partes del mundo están formando redes, a través de asociaciones de interés mutuo. Estas redes de conexiones están fuera del control de toda jerarquía o gobierno. Ellas pertenecen a la vida misma.

Si bien es cierto que están aumentando los modelos que reunen gentes en formas nuevas y diversas, aún nos falta terminar de comprender, que son estos mismos nuevos patrones esenciales de relacionamiento, los que nos dan las respuestas simples necesarias para la complejidad de estos tiempos. Estos nuevos modelos no están tan sólo para otorgarnos información, sino que están creando un nuevo, y rápidamante cambiante, interrelacionamiento orgánico de individuos y grupos. Algo está viniendo a la vida de una forma nueva.

Las personas pueden hacer hoy conexiones a muy diferentes niveles, a través del comercio global, los viajes, las telecomunicaciones, conferencias, y otras formas de encuentros. Los diálogos entre distintos credos son un nivel de comunicación interreligiosa. La migración de caminos espirituales y tradiciones del Este al Oeste también han formado una conexión global en la cual el Este y el Oeste están fusionándose, creando una luz que, “No es ni del Este ni del Oeste.”

De lo que aún nos falta tomar conciencia, es que todo es una parte del gran organismo de la vida recreándose a sí mismo en el modelo unitivo. Nosotros vemos estos cambios con los ojos de la individualidad y la fragmentación que se focalizan en las partes aisladas. Aún estamos atrapados en la complejas imágenes de una cultura decadente. La verdadera visión es una totalidad emergente que es la fuerza de la vida en sí misma. La vida se está reconectando a sí misma para poder sobrevivir y evolucionar.

Dentro de estas formas de reconexión está fluyendo una nueva fuerza de vida. Esta fuerza vital tiene la urgencia y la potencia que son necesarias para sobrevivir y cambiar este tiempo de crisis. Esta fuerza también acarrea consigo el poder de la unicidad, y la capacidad de reunir a las personas simplemente. Nos habla de compartir en vez de posesividad y aislamiento. Es la profunda alegría de saber que todos nosotros somos una vida. Y esta lleva consigo el sello de la divina unidad, la cual es más fuerte que cualquier patrón de resistencia.